5 de noviembre de 2026

Entrevista

El espejo roto de Robinson Díaz

El actor interpreta a Belisario Betancur en Palacio, la serie sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia de Netflix que se estrena el 6 de noviembre. 

Por: Redacción Soho
Palacio. Robinson Díaz as Belisario Betancur in Palacio. Cr. Courtesy of Netflix ©2026
Palacio. Robinson Díaz as Belisario Betancur in Palacio. Cr. Courtesy of Netflix ©2026 | Foto: Netflix

Robinson Díaz no habla del Palacio de Justicia como quien termina un trabajo y pasa al siguiente. Al hablar de este proyecto, la voz se le llena de pausas, repeticiones y palabras que parecen buscar dónde acomodarse. Dice “hermano”, vuelve sobre una idea, la corrige y la empuja un poco más, acompañándola de nuevo con otro “hermano” que lo hace cercano. No es desorden, es el esfuerzo de hablar de una tragedia con cautela, pero también sin ubicarse en ese lugar cómodo de no comprometerse con nada.

“Este proyecto es, primero que todo, un compromiso de los investigadores y escritores de contar una verdad ficcionada”, dice. La fórmula suena contradictoria hasta que uno recuerda que representar la historia no equivale a pensar que un producto audiovisual es un fallo de un juez o una literalidad. Hay hechos, testimonios y documentos; también hay escenas que deben construirse para que una historia pueda ser vista. Y, entre ambas cosas, está el riesgo de convertir el dolor en entretenimiento, rasgo que al parecer trataron de evitar a toda costa por ser uno de los temas más delicados de nuestra historia.

Sin Filtro
Diego Bonilla y Robinson Díaz en Podcast Sin Filtro en Semana. Bogotá marzo 27 de 2025. Foto: Guillermo Torres Reina -Semana. | Foto: GUILLERMO TORRES

Robinson interpreta al expresidente Belisario Betancur. Para acercarse al personaje investigó y leyó, leyó mucho. Y lo que encontró no fue un villano de una sola pieza, ni un héroe, sino más bien a un hombre preso del destino: “Belisario Betancur hizo lo que tenía que hacer. Él defendía las instituciones, él estaba defendiendo la Constitución colombiana (…) El retrato público que quedó del expresidente Belisario fue el de un cobarde, un payaso impotente, un pusilánime”. Desde el punto de vista del actor, Betancur quedó en la mitad de una tormenta: un hombre con buenas intenciones que intentó acercar posiciones y no consiguió impedir el desastre.

Su lectura tampoco pretende ser un fallo judicial: “Yo no soy quien para juzgar, yo soy un actor que hace personajes”. Pero interpretar a un presidente en medio de una crisis así obliga, al menos, a preguntarse qué podía hacer ese hombre y qué quedó fuera de su alcance. Paradójicamente, la mirada cambia después de entender cómo Belisario quedó en medio de otros poderes, aun siendo el gran poder.

Para millones de personas que verán la serie, el centro de la conversación y de la polémica no necesariamente estará en Belisario Betancur, sino en las víctimas. “Fue un gran dolor como colombiano hacer esto”, dice Díaz. Con esa respuesta uno siente que ahí habla del colombiano que, mientras trabaja, advierte una cadena de errores y descubre que no basta con decir que ocurrieron hace décadas para no pensar profundamente en eso y en la cantidad de muertos, de todos los lados, que dejó la toma del M19.

“Siento que hemos cometido muchos errores por la intolerancia como colombianos, por no escuchar, por el ego”, dice Díaz sobre la sangre que corrió tras la toma y la retoma, y agrega que esos errores se pagaron con “un montón de sangre de personas inocentes”. Y es que la serie va más allá del enfrentamiento entre militares y guerrilleros, porque también obliga a mirar a quienes no estaban en esa discusión política y terminaron pagando las consecuencias: los civiles. “¿Por qué pagaron los de la cafetería?”, se pregunta Robinson. También menciona a personas que salieron vivas y después aparecieron muertas, y a magistrados que habrían sido encontrados con disparos y calcinados.

¿Contar una tragedia en una serie equivale a convertirla en entretenimiento? Díaz responde que no necesariamente. “En ese sistema de cosas no podríamos contar nada”, dice. Para él, la ficción requiere licencias porque recrear con exactitud lo que ocurrió en cada lugar y en cada momento es difícil. Los escritores y la producción toman decisiones para construir una narración; el desafío es no confundir esa construcción con una sentencia definitiva.

El trabajo de Palacio estuvo respaldado por investigadores y por un proceso que incluyó fuentes, testimonios, expedientes e informes y aquí Robinson es contundente: “Esto no es una novelita”. Todo indica que la apuesta de Netflix es otra: mirar de nuevo, con materiales y voces, una historia que continúa sin resolverse y despertando, cada vez que se toca, enormes pasiones.

Y es difícil imaginar que no ocurra así. En SoHo publicamos hace unos días un resumen de los actores que interpretarían a los personajes en la serie y la rabia, el dolor y la controversia aparecieron de inmediato. Sobre todo porque hay personas que prefieren que no se hable más de esa historia. Para Robinson, en Colombia existe una especie de resistencia a mirarse al espejo: “Cuando alguien cuenta lo ocurrido, aparecen quienes aseguran que ‘eso no fue así’”. La discusión no se resuelve diciendo que todo el mundo tiene razón por igual. Pero tampoco se puede dar por terminada porque una versión incomode”.

La frase “mirarnos en el espejo” vuelve como una especie de advertencia. El espejo no devuelve una imagen idílica, por el contrario, devuelve verdades, errores, silencios, odios heredados y decisiones que, incluso hoy, se repiten. La historia no es un capítulo cerrado. Por eso le preocupa que nuevas generaciones desconozcan lo sucedido. Dice que, tras la desaparición de las clases de historia, los jóvenes pueden quedar sin herramientas para entender el pasado. “Los pelados de hoy en día […] ya no saben nada de lo que pasó”. Y en eso coinciden miles de personas: si se desconoce la historia, la ficción puede ser una puerta de entrada; también puede ser motivo de discusión, de desacuerdo y de nuevas preguntas. No reemplaza la investigación ni la educación, pero puede despertar el deseo de buscar un poco más de lo que se ve en TikTok.

Robinson no promete que la serie vaya a reconciliar a nadie. Ni que un papel pueda resolver lo que la política, la justicia y la memoria colectiva no han terminado de resolver. Quizá esa sea la tarea más dura de una historia como esta: no mirarla para encontrar una frase que cierre el caso, sino para preguntarse qué errores se repiten, quiénes terminan pagándolos y cuánto cuesta seguir negándonos a escuchar.

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